Fantasmas a la papelera
¿Alguien ha pensado cuando habita una casa en la utilidad real de guardar lo que se guarda?… últimamente juro en arameo por tal motivo.
En casa existen facturas de lavadoras fechadas en el año 73, resguardos de la papelería de la esquina, que cerró hace quince años, picaportes de puertas que se cambiaron hace doce, recortes de prensa desde la guerra incivil…y así siguiendo.
Es como ir tirando fantasmas a la papelera…
Y sí…a veces da pena. Sobre todo porque los objetos, aunque nadie lo crea, tienen alma propia, vamos, eso que se llama “espíritu”, y se quejan.
O eso nos parece…
Una va sacando trastos y comienza como a escuchar vocecitas mimosas:
“No me tires, recuerda cuánta ilusión os hizo la primera tele en color, así tendrás el recuerdo”…
“Guárdame, no abulto nada; acuérdate de cuando me pusiste en la estantería”…
“Llévame contigo, mira, si hay una firma de mamá en el final de la hoja”…
“¿No te acuerdas de que soy la primera llave que tuviste?”…
Y así sucesivamente…
Y hay que elegir. Hay que elegir que el recuerdo lo lleva uno dentro, porque de otra forma tendría que poner no una casa sino una almoneda. Pero es esa elección la que da pie a pensar en lo inútil de algunas cosas; no sé si es que la memoria se aferra a los objetos materiales y cuando estos desaparecen sentimos como si hiciéramos desaparecer un instante de nuestras vidas, como si nunca nos hubiera hecho ilusión la tele en color, o no hubiera existido la primera llave, porque no tenemos el dato que lo haga físico, tangible.
Esta tarde, pasada así, tirando cosas, ha tenido sabor agridulce; recordar, dicen, es volver a vivir, tirar es aceptar que el pasado se va quedando lejos, en nostalgia, desdibujándose con el paso de los años…
Alena, he quedado sorprendida con el cambio que ha tenido tu página. La encuentro mucho más fácil de acceso y por lo tanto más práctica para la lectura. He comprobado que has dejado textos muy interesantes que voy a ir leyendo.
Pilar