Jueves 29 de Junio de 2006

Un Mundial muy Particular.

 

 

Me encanta el fútbol. No solo verlo sino jugarlo, el tiempo que he podido. Me gusta como juego y como arte. Creo que existe una estética del fútbol, cuando se juega bien, claro, que es muy palpable para quienes lo disfrutamos. Me he sorprendido muchas veces aplaudiendo a un equipo que no es el mío, después de un “jugadón”, aunque me haya sentado fatal que a mi equipo le hayan metido un gol, pongo por caso.

Creo que el primer partido que vi fue un Torino- Real Madrid, siendo una mocosa de tres o cuatro años. Debía ser verano, porque me acuerdo del balcón abierto, y también de un ventilador durante todo el tiempo. Luego llegan a mi memoria las reuniones en casa para ver las “Copas de Europa en  blanco y negro”, y al cura realquilado en el piso de abajo, gafe donde los hubiera, que cada vez que subía a ver la tele nos ponía en cuidado, con consejos de todos ( “no le abráis, por Dios”) porque era fatal: se sentaba y nos metían un gol por toda la escuadra.

En el pasillo de casi nueve metros de casa hemos jugado infinidad de partidos mis hermanos, sus amigos y yo. Con el enfado morrocotudo de mi abuela materna, ante la excesiva proliferación de bombillas rotas y cuadros con balonazos. Mientras, mis hermanos recolocaban el lienzo en la pared, y me decían por lo bajinis : “ dale a la pelota en la pared para que se crea que seguimos jugando”. La verdad es que, pensándolo a distancia, era una santa; ni un cachete nos llevamos por aquellos campeonatos caseros, y encima nos hacía de cenar nata montada. Sí, nata montada de esa que ahora venden en botecitos como si fuera una novedad originalísima...

Luego he seguido viendo fútbol, en la tele y en el campo, cuando crecí y pude acompañarlos al estadio, hasta que se casaron y ya la  vida empezó a ser distinta, porque poco a poco la Casa se fue vaciando y ya no era tan divertido como antes. Eso sí, mientras todo ello sucedía, también lo jugaba: aunque ya al aire libre, primero en la Colonia de hoteles de nuestro pueblo, Villamanrique de Tajo, en la que éramos una pandilla de casi veinte y hacíamos equipos por el sistema de “monta y cabe”, o sea, echando a suertes, y en donde traíamos a mal traer al amigo Perucha que tenía que bajar a por el balón cuando salía por la valla en dirección al río, luego, en el antiguo corral de nuestra Casa, entre matojos, malas yerbas, piedras, arena...

Y después, cuando una ya no pensaba que aquello iba mucho con su “pose de intelectual estudiante de Periodismo” ( ¡oh, oh!) en la Facultad, durante todo un trimestre, y de forma absolutamente inesperada y casual, porque  a nadie de los participantes en aquel equipillo se le ocurrió pensar que a mí me gustara este estilo de cosas y menos- perdón por la pedantería- que lo jugara bien, con lo que los tres goles que marqué en el primer partidillo originaron una especie de alboroto como si yo no pudiera emular a (entonces ) Santillana...

Sí. Me encanta el fútbol. Después de esto, ya dejé de jugarlo, claro; hoy día me es imposible dar ni una mediana carrerita por la banda para esperar un centro del extremo izquierda. Aunque sigo viéndolo y por eso digo lo de mi mundial particular: estos días, la Casa está definitivamente vacía. No hay nadie que asista conmigo a la alegría de un gol o el peligro de un corner: me siento, enciendo el televisor, y, es cierto, solo estoy yo.

Pero...cada vez que doy un grito, o aplaudo, o me enfado con el árbitro, me da la sensación de que escucho a mi alrededor las voces de los que me amaron, aplaudiendo, enfadándose, o pidiendo que por Dios Santo no se le ocurra subir al cura de abajo. Y como, si fueran las alas de un pájaro en el viento, a través de los años me llega un rumor de afectos para ver conmigo el Mundial.

 
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Miércoles 28 de Junio de 2006

Qué vulgaridad...

He amanecido con otitis. Bueno, esto no tiene importancia para nadie salvo para mí que es a la que le duelen los oídos. Llevaba ya días con el dolor de cabeza anterior al asunto y el típico mareo repentino, hasta que ayer el matasanos diagnosticó sin importarle mi cara de pena ( “ya podía haberme diagnosticado una cosa menos latosa, carape”) ni mi gesto de “esto no puede pasarme a mí ahora, jolines”.

Pero sí. Ya lo creo que me pasa...

Y lo cuento no porque tenga trascendencia alguna, lo de que me duelan los oídos, claro; a todo el mundo le pasa alguna vez, sino porque siempre me ha parecido curioso cómo enfermedades tontas trastocan a veces más la vida diaria que una enfermedad larga.

A un proceso largo una se acostumbra; coge rutinas, se adecua a sus necesidades, vive un poco en función del proceso, y sabe que hay un término. A un proceso así, repentino, breve, como una gripe, una otitis, un dolor de muelas, por ejemplo, una no se puede adecuar: viene a ser como un intervalo estúpido y molesto, que paraliza los actos más cotidianos, que los aplaza por un lapso a menudo corto de tiempo, ocasionando esas “leves molestias” que fastidian la vida diaria.

Habituales formas de comportamiento, como el café de la sobremesa, o la bajada a por el periódico se reconducen ( “ mira que si bajo y me pega el mareito”), mientras que en una enfermedad larga terminan por realizarse aunque sea de otra manera, pero : ¿cómo decirle al vecino, “ tráete mi prensa que me duelen los oídos” ?, otra cosa sería si una tuviera una pierna rota y escayola...entonces el vecino pensaría que sí que merece la pena acercarnos los periódicos.

Así que voy al kiosco estornudando y Manoli se ríe...

Cosas que suceden; y todo por una vulgar inflamación de orejas...

 
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Martes 27 de Junio de 2006

Laxitud.

Dictan actos y mientras me silencio para no interrumpir el poso del aire en los huecos que van dejando volúmenes que mantuvieron vidas.

Y todo transcurre, inexcusable, exactísimo, promediado.

La vida, la gente, la tarde, el cielo que se convierte en noche. Así, sencillamente, exento de mí, que permanezco en otro lugar.

Siempre en otro lugar, en otra arena, en otro camino, en otra frontera. Exiliada de la certeza, o demasido inserta en la certidumbre.

No queriendo nada. No buscando nada. No esperando nada. Todas las perlas las evité; hoy ni siquiera tienen el brillo mortecino del alcanfor.

 

Me siento y miro.

Estatua de piedra que ocultará el musgo.

 
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Lunes 26 de Junio de 2006

Final de Concierto.

 

 

Ya no es Mozart quien atardece la mañana,

Schubert duerme su sueño sonoro en seda,

Chopin descansa en mudo mutis matinal,

Schumann palidece en sepia pergamino.

 

Y el silencio abarca las teclas negras y blancas,

los ropajes de terciopelo y aguamarina,

en este largo intermezzo sin dúo ni pianista,

sin tono, ni timbre, ni arpegio ni reverberos.

 

Lentísimo se marcha en fuga el minuetto,

ausente el scherzzo dorado de fuego y violín,

abandona las estancias en mutis el andante:

sólo entre las hojas que deja la tarde permanece

la última nota en el sol del adaggio que me ve partir.

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Sant Joán.

   

Yo no sabía entonces que aquella noche era la Nit de Sant Joan. Tampoco sabía el significado del fuego, ni el por qué de las hogueras, ni me preguntaba cual era el motivo de que hubiera tanta gente en la calle, cantando y bailando.

Yo tenía tres años y estaba en Valencia, después de lo que me pareció un larguísimo viaje desde nuestra Casa en Villa, aguantando además a mi hermano Pepe y a mi hermana Virginia, que se habían pasado las tres horas de camino discutiendo y pegándose en el asiento de atrás porque uno de los dos le había pisado un callo al otro. Y yo, que iba en medio de los dos me había llevado alguna colleja que no me estaba destinada, hasta que mamá decidió cogerme en brazos y pasarnos a un lado del coche para que ellos se pegaran a gusto. Bueno, se pegaron mientras papá no dijo nada, pero llegando a Tarancón se hartó y soltó un bufido.

-                    ¡Ya está bien!... ¡ qué hartura!...o dejáis de pegaros u os bajo a la cuneta.

 

Silencio sepulcral, no porque les diera miedo la amenaza sino porque era raro que papá bufara; cuando bufaba es que la cosa iba en serio, o sea, que se estaba enfadando de verdad.

Pero decía que estaba en Valencia. Bueno, en una ciudad de noche, donde llovía y tiraban cohetes, y había muchísimo ruido y humo en el bar en el que entramos para cenar. La gente permanecía de pie, olía a fritanga, a sardinas, a pescado, y también a vino, aquello debía ser una tasca o algo parecido en la ciudad vieja...recuerdo la bufarada de vaho que me irritó los ojos al entrar, y aquella mesa en el fondo, donde nos sentamos los seis. Me dijeron que íbamos a cenar paella, y que luego íbamos a dormir a no se dónde.

Y realmente no sabían dónde, porque el viaje, como siempre en casa, había sido absolutamente imprevisto, decidido en un cuarto de hora, y sin avisar. Bueno, miento; papá avisó media hora antes:

 

Prepara a los niños que nos vamos a Valencia a la Nit del Foc.

 

Ese tipo de cosas era habitual. Los viajes, las salidas, las cenas, los amigos, todo era siempre inesperado, nunca se preveía lo que iba a pasar a la hora siguiente; mamá nos decía siempre lo mismo:

-Yo tengo la maleta preparada siempre, así que no hay que apurarse.

Pero en Valencia diluviaba, y desde aquella especie de garito no se veía ya la acera de enfrente.

Entonces entraron unos tipos raros; con cara de pocos amigos, preguntándole al camarero dónde había servicio de habitaciones.

De repente, se levantaron, tirando las sillas, mis dos hermanos y salieron corriendo. Yo me asusté.

-¿Dónde van?...

- ¡Cállate!...

Mi hermana me pegó un codazo y yo me quedé sin saber qué cara poner.

 

La paella estaba estupenda, papá me peló las gambas y mamá me cortó en tiritas la carne de pollo, eché limón y cuando iba ya a terminar volvieron mis hermanos.

 

-Os habéis perdido la paella, idiotas...me la he comido yo...chincha rabiña..

-Bueno rica, pero si no es por nosotros no tienes hoy cama para dormir

 

En la calle, en las esquinas mojadas, quedaban restos de hogueras, y en el paseo al que fuimos había por todas partes gente saltando el fuego. Chisporroteaban llamas, azules y blancas, algunas rojas, que se elevaban hasta muy alto y luego caían haciendo un ruido como cuando los fuegos artificiales de nuestro pueblo. Pero estas llamas eran mayores, más de verdad, o eso pensé yo. La gente cantaba en un idioma raro, que yo no entendía, y, en uno de los grupos que había, se colocaron en corro, con las manos juntas y sonaba algo que me gustó sin saber qué era...

-Es el himno de Valencia...

 

Luego, de repente se deshizo el grupo, como asustado por algo, y vimos gente a caballo.

 

Dormimos en una habitación de techos altísimos, con un calor sofocante cuando se pasó la lluvia. Las ventanas abiertas. Las paredes blancas. Y mosquitos. Cientos de mosquitos que, al día siguiente me habían marcado los brazos, con mi consiguiente lamento quejicoso hasta que me pusieron “la crema para picaduras”...

Cuando acabamos de desayunar y salimos a la calle, no quedaban restos de hogueras; sólo papeles que llevaba y traía el viento, papeleras con sobrante de comida y botellas vacías, y una mancha gorda de vinazo en la pared de la esquina.

 

En el coche comenzamos a rodear Valencia, metiéndonos por un camino distinto, entre árboles, que olía a sal. Al bajarnos y empezar a andar ví un sendero llano, lleno de arena, y al fondo una especie de merendero.

 

-Ven, ¿puedes pisar bien por aquí?...es arena...

-Sí...

-Dame la mano y cierra los ojos, no los abras hasta que yo te lo diga.

 

Papá me cogió de la mano, y yo me dejé llevar, como siempre.

 

Estaba blandito, me hundía un poco, pero el me sujetaba y no me daba miedo. Venía un olor extraño, que yo nunca había conocido. Como a frescura, salado y fuerte. Cada vez más fuerte.

 

-Abre los ojos, y mira...

 

Allí estaba.Era una extensión infinitamente azul en sereno movimiento. Era tan grande, tan fuerte, tan profundo...

Me quedé mirando, mirando, sin entender del todo, sin saber qué era lo que Papá me estaba enseñando.

-¿Te da miedo?...

-No...es muy bonito, tan grande y con tanta luz...¿Qué es?...

-Es el Mar. Es agua, pero salada.

-Es muy grande...¿puedo tocarlo?...

-¡Claro!...para eso te he traído. Para que lo toques, lo pruebes y para dejar nuestros nombres, ven.

Nos acercamos al agua y se acuclilló conmigo. Me mojó la cara y las manos; el sabor de la sal llenó todos mis sentidos. Luego, cogió un palito, y en la arena escribió:

“Maria Antonia y Papá: 25 de junio de 1963. Después de Sant Joán.”

-No olvides nunca quién te enseñó a conocer el Mar- dijo-.

 

Aquí está la prueba de que no lo he olvidado.

    
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Domingo 25 de Junio de 2006

Como pétalos.

In memoriam 25-marzo-25-junio-2006

 

Entonces se suspendió la tarde sin ojos.

Clausurada en su ámbito, conclusa.

Vértice de la tristeza, ensimismada.

Cerrada sobre sí misma, ovillada.

 

Todo comenzó a ser anterior a ti,

Pasado en torno a la luz muerta,

Y el futuro una vereda sin tu mirada,

Ya no alianza sino nostalgia.

 

Entonces se suspendió la tarde sin tus ojos;

Violetas de ausencia cayendo en pétalos

Hacia las ausentes manos que ya no acunaban

La soledad de la tarde derramada como el mar.

 
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Viernes 23 de Junio de 2006

Una canción en la playa

  

Aquello no era barca sino barcaza, en la bahía de Santander mientras la luz del verano me daba en los ojos y la sal se pegaba a la boca, recuperando así un sabor perdido hacía tanto.

Y aquel mar no era el Mediterráneo: aún no; tendrían que pasar años hasta que me regresaran el azul de sus aguas calmas y la arena donde pinté un recuerdo.

Pero era nuestro en la medida en que nadie más nunca podría acuarelear la transparencia con aquella sonrisa para mi futuro.

Me salpicaban gotas, mientras el guía nos contaba la historia de Santander y tú y yo no nos enterábamos de nada, porque sólo mirábamos, y sentíamos que estábamos allí como si hubiéramos cumplido un larguísimo viaje entre tanta soledad compartida, para arribar por fin a las Islas que sólo tú sabías que existían.

Porque yo no creía en las Islas. Y me tuvo que suceder la Vida entera para toparme con sus costas, que, faltaría más, tenían tus ojos guardados esperándome.

De isla en isla como en aquella barcaza, me fui desplazando hasta encontrar la mía propia. Y muchas veces, tú te quedaste en la orilla para que yo explorara los rincones y descubriera los tesoros o me marchara después de ver que hay islas irreales, como en los sueños, o como los espejismos del desierto, cuando alguien tiene sed.

Pero yo aquel verano aún no sabía que existía una Isla para mí. Sólo escuchaba el radiocassete alternando con la voz del guía; el radiocassette machacón repitiendo a Gloria Stefan “ con los años que me quedan por vivir”...

Y fue entonces, que pensé que los años que nos quedaban por vivir eran como esa bahía, como ese mar, como aquella playa: un largo verano presididos por una sonrisa. Y entonces pude empezar a buscar las Islas.

  
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Miércoles 21 de Junio de 2006

Mi Vida en una maleta.

 

 

Acabo de guardar mi vida en una maleta.

Mi vida desde 1975 hasta hoy. Sí, porque yo llevo un diario (manuscrito, me refiero, como antes se escribían los diarios) desde el 13 de febrero de 1975.  Dos días antes de cumplir 15 años.

Hace años releía a veces estos escritos. Estaban muy próximos aún en el tiempo y mi vida no había tomado determinados giros; me parecía que me desvelaban ante mí misma. Hoy, no he querido pararme a leer. Una mezcla de pudor, ternura, me ha impedido hacerlo. Hoy no sé si me reconocería en esas páginas. Hay en ellas miedo, ira, soledad, hay una ausencia de alegría que los hace oscuros.

Y sin embargo, me guste o no reconocerlo, ellos me reflejan aunque no quiera. Yo era así. Mi vida era así. Mis sueños, deseos, odios y amores eran así. Por supuesto que eran “así” subjetivamente. Es decir, era mi forma de interpretar mi mundo personal. Y me temo mucho que esa manera era muy poco objetiva.  También es lógico, sí, pero ahora, más que identificación sólo puedo sentir cierta solidaridad desde la distancia hacia esa persona que fui, entonces, cuando entonces. En el Tiempo  Gris.

Ese Tiempo Gris tan lento...recuerdo sobre todo la lentitud de los días, de los años; aquel “ no sucede nunca nada”, que llevaba implícito que el Futuro estaba muy lejos, que entonces la vida eran tardes de instituto, una máquina Singer que remendaba ropa usada, empeños en el Monte de Piedad, no comprarse un bocadillo por falta de dinero, suspensos, gritos de profesores, sensación de no existir para la familia... tener solo una  Voz que siempre decía que habría un Mañana...

Acabo de guardar mi vida en una maleta. Me la llevo conmigo para decirle a la niña, a la adolescente que fui, que SÍ. Que era verdad que había un Mañana.

 
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Ingenuidades.

  

Las sucesivas formas de ver la vida que tiene la gente dependiendo de su conveniencia, me terminan por divertir. Hace años, cuando yo era mucho más joven, mucho más ingenua, y por supuesto mucho más crédula, pensaba que eso que llamamos “la gente” era bastante parecida, y que en general aunque hubiera algún caso raro, la gente solía ser coherente, y hasta honesta.

Claro que, no contaba yo con que el parámetro de la honestidad se mide por el  rasero de “lo que me beneficia a MÍ”. Pongo ese “MÍ” con mayúscula porque sin duda el yoismo del parámetro citado es evidente.

Es decir, que uno-a es honesto mientras le conviene: si no es así encuentra miles de justificaciones para no serlo y quedarse tan ancho.

De modo y manera que a usted le pueden mentir, intentar como vulgarmente se dice “venderle la moto”, chulearle, amenazarle, o abusar de su buena fe sin el menor rubor y con justificación previa o posterior, y además, claro que sí, con una sonrisa de oreja a oreja.

Y no se le ocurra a usted decir eso de “eso no es honesto”, porque le mirarán con cara rara: no, no como si fuera usted malo, o desconfiado, sino como si fuera usted jilipollas o tonto¨l culo. Dicho sea sin ánimo de ofender.

Pero claro, ahora que lo pienso...hasta este articulito es una prueba de ingenuidad: ¡ mira que ponerse a escribir sobre ética!... Tonterías hay que leer...

¿Verdad?...

 
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Lunes 19 de Junio de 2006

Catalunya diu Sí.

Cuando ya han pasado horas suficientes para que unos y otros den valoraciones, opinen, se parapeten o se justifiquen, me ha parecido que podía una (o sea yo) decir lo que piensa sobre la aprobación mayoritaria del Estatut.

 

Me alegra muchísimo ver que en un ejercicio democrático se vota y se da una opinión libre, y no mediatizada por campañas intoxicadoras de la opinión.

Creo que hoy por hoy, el Estatut es un gran paso hacia delante en el camino de Catalunya hacia su soberanía nacional. Muy posiblemente el Estatut no sea todo lo que muchos desearíamos, pero es un ejercício de practicidad en ese camino.

Respeto mucho a los partidarios del NO, tanto los motivos de ERC, como los del PP, pero me van a permitir que diga que una cosa es respetar los motivos y otra respetar la campaña del partido en la oposición, que se ha distinguido por no ser precisamente un modelo de limpieza.

Y una consecuencia evidente: ha ganado el SÍ. Y el “no” entre populares y ERC ha tenido un 20% de votos. No sé si el PP seguirá hablando de “sorpresas desagradables”; quizá se la hayan llevado ellos.

Molt sort, Catalans.
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