Un Mundial muy Particular.
Me encanta el fútbol. No solo verlo sino jugarlo, el tiempo que he podido. Me gusta como juego y como arte. Creo que existe una estética del fútbol, cuando se juega bien, claro, que es muy palpable para quienes lo disfrutamos. Me he sorprendido muchas veces aplaudiendo a un equipo que no es el mío, después de un “jugadón”, aunque me haya sentado fatal que a mi equipo le hayan metido un gol, pongo por caso.
Creo que el primer partido que vi fue un Torino- Real Madrid, siendo una mocosa de tres o cuatro años. Debía ser verano, porque me acuerdo del balcón abierto, y también de un ventilador durante todo el tiempo. Luego llegan a mi memoria las reuniones en casa para ver las “Copas de Europa en blanco y negro”, y al cura realquilado en el piso de abajo, gafe donde los hubiera, que cada vez que subía a ver la tele nos ponía en cuidado, con consejos de todos ( “no le abráis, por Dios”) porque era fatal: se sentaba y nos metían un gol por toda la escuadra.
En el pasillo de casi nueve metros de casa hemos jugado infinidad de partidos mis hermanos, sus amigos y yo. Con el enfado morrocotudo de mi abuela materna, ante la excesiva proliferación de bombillas rotas y cuadros con balonazos. Mientras, mis hermanos recolocaban el lienzo en la pared, y me decían por lo bajinis : “ dale a la pelota en la pared para que se crea que seguimos jugando”. La verdad es que, pensándolo a distancia, era una santa; ni un cachete nos llevamos por aquellos campeonatos caseros, y encima nos hacía de cenar nata montada. Sí, nata montada de esa que ahora venden en botecitos como si fuera una novedad originalísima...
Luego he seguido viendo fútbol, en la tele y en el campo, cuando crecí y pude acompañarlos al estadio, hasta que se casaron y ya la vida empezó a ser distinta, porque poco a poco la Casa se fue vaciando y ya no era tan divertido como antes. Eso sí, mientras todo ello sucedía, también lo jugaba: aunque ya al aire libre, primero en la Colonia de hoteles de nuestro pueblo, Villamanrique de Tajo, en la que éramos una pandilla de casi veinte y hacíamos equipos por el sistema de “monta y cabe”, o sea, echando a suertes, y en donde traíamos a mal traer al amigo Perucha que tenía que bajar a por el balón cuando salía por la valla en dirección al río, luego, en el antiguo corral de nuestra Casa, entre matojos, malas yerbas, piedras, arena...
Y después, cuando una ya no pensaba que aquello iba mucho con su “pose de intelectual estudiante de Periodismo” ( ¡oh, oh!) en la Facultad, durante todo un trimestre, y de forma absolutamente inesperada y casual, porque a nadie de los participantes en aquel equipillo se le ocurrió pensar que a mí me gustara este estilo de cosas y menos- perdón por la pedantería- que lo jugara bien, con lo que los tres goles que marqué en el primer partidillo originaron una especie de alboroto como si yo no pudiera emular a (entonces ) Santillana...
Sí. Me encanta el fútbol. Después de esto, ya dejé de jugarlo, claro; hoy día me es imposible dar ni una mediana carrerita por la banda para esperar un centro del extremo izquierda. Aunque sigo viéndolo y por eso digo lo de mi mundial particular: estos días, la Casa está definitivamente vacía. No hay nadie que asista conmigo a la alegría de un gol o el peligro de un corner: me siento, enciendo el televisor, y, es cierto, solo estoy yo.
Pero...cada vez que doy un grito, o aplaudo, o me enfado con el árbitro, me da la sensación de que escucho a mi alrededor las voces de los que me amaron, aplaudiendo, enfadándose, o pidiendo que por Dios Santo no se le ocurra subir al cura de abajo. Y como, si fueran las alas de un pájaro en el viento, a través de los años me llega un rumor de afectos para ver conmigo el Mundial.


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