Chichiribailes.
Tanto en la vida que podemos llamar “real” como en Internet me he encontrado, como es lógico, gente de todas clases, tipos y variedades, gentes encantadoras y reptiles con sus escamas pertinentes. Pero dentro de esa posible categorización de tipos, hay uno, que a veces sobresale por su cualidad escurridiza:
Son los vendedores de humo.
En casa, a los vendedores de humo siempre se les ha llamado “chichiribailes”.
Un chichiribaile, es un tipo que siempre dice que va a hacer, que va a proponer, que propone cosas fantásticas, la mayoría irrealizables, para luego decir que como el resto no quiso no se pudo hacer lo que proponía. Un chichiribaile por regla general es muy hablador, tiene labia, capacidad para adular, se suele llevar “de calle” a los ingenuos que no saben lo que un chichiribaile, y capacidad para la intriga. Todo lo que propone el chichiribaile siempre parece divertido; ya puede ser una fiesta, un viaje a Haití, o una boda fastuosa en la Catedral de San Marcos en vez de en Medina de Rioseco como pensaban los papás de los novios.
Lo que sucede es que el chichiribaile solo tiene de real sus ideas. Nunca cuenta con la realidad real, nunca -además- cuenta con las ideas de los otros, nunca se pregunta si a los otros les parecerá tan maravilloso como a él lo que propone. Vende, por tanto, Humo.
Decía yo que el chichiribaile o vendedor de humo es escurridizo. Supongamos que ha propuesto lo de la Catedral de San Marcos:
Es de los que empezará diciendo:
“Dejádmelo a mí, tengo un conocido que me debe algún favor que conoce a alguien que nos puede facilitar los trámites”.
Cuando se le pregunte por el interfecto, sonreirá misterioso:
-Todo a su tiempo, estas cosas llevan tiempo.
A los quince días, resultará que el conocido es tan desconocido que no parece…
Pero insistirá:
-Estoy con algunos trámites, espero una llamada telefónica.
-No me dice nada en su carta, tendré que llamarlo…
-No contesta al teléfono…
Etcétera…
Así habrá pasado un mes, manteniendo en expectación al resto, que, quizá había empezado a soñar con San Marcos, y siendo el objeto de los requerimientos y llamadas de un montón de gente que- cómo no fiarse de Emiliano, con lo amigo que es- le creyó de buena fé.
Al final, claro, los vendedores de humo caen en su propia trampa, con la consiguiente decepción de los ingenuos; aunque eso no los altera: siempre o es culpa de otro, o le entendieron mal:
-¿En San Marcos?…no mujer, yo no dije San Marcos, me entenderías mal, dije “Por” San Marcos…pero como estabais de viaje, pense que no os vendría bien la fecha…